Despertó y se sintió muy extraño, como si algo hubiese cambiado en él drásticamente. Sus ojos, apenas se abrían, se volvían a cerrar por el peso de la pereza y por el ardor que sentía al intentar abrirlos completamente. Para ayudarse a abrir los ojos, dirigió sus manos hacia ellos con el fin de restregarlos lo suficiente como para activar sus glándulas lacrimales, pero inmediatamente su dedo índice, contraído en forma de espiral y enfrentado a su pulgar, tocó la superficie de sus párpados, sus ojos se abrieron y se volvieron a cerrar, como bocas de fieras salvajes que pelean por un trozo de alimento, una vez y otra y otra vez. Una sensación indescriptible atravesó toda su espina y llegaron, hasta su cerebro, datos de una información que no podía comprender. En cuestión de segundos lanzó su cuerpo hacia un costado y completamente despavorido y desesperado abrió la puerta del baño e inmediatamente frenó y se quedó quieto, parado, sin poder entender su expresión, era antinatural.
Su pecho parecía no alcanzarle al corazón que se dilataba un poco más con cada latido, pero finalmente lo comprendió, al recordar fugaces escenas de lo que aconteció la noche anterior. Había estado bebiendo con un grupo de amigos y no se pudo controlar. Al regresar a su casa intentó hallar, entre los frascos y las botellas, la poción que les quita la resaca a los más intoxicados borrachos. Ebrio y perdido, desesperado, intentando aferrarse de algo, abrió los frascos que contenían esas extrañas hierbas y extractos y se bebió el contenido de cuantas botellas pudo afianzar entre sus temblorosas y resbalosas manos.
Al regresar a la realidad, al mirarse al espejo otra vez, no pudo más que intentar sonreír... pero al forzar sus músculos faciales y formar una sonrisa, sintió otra vez desesperación. Ahí donde hasta hacía unas horas se había encontrado su boca, descubrió más bien la parte antagonista y, sin poder explicar cómo, escuchó un grito desenfrenado provenir de debajo de su espalda y de ese orificio que se estrenaba en su rostro, sólo pudo oír algo así como una tos.
No quiso tocarse el rostro peludo y decorado con dos ojos completamente redondos y oscuros y tampoco intentó llevar sus manos hacia su parte inferior trasera, porque ya había logrado ordenar sus ideas. Se convirtió a sí mismo en algo así como un pepino peludo, con unos brazos largos pegados a los lados de la parte superior de su cuerpo y unas manitos diminutas. Las orejas las tenía a la altura de lo que alguna vez fue su cintura y detrás, un poco más abajo, sus terminales nerviosas encontraron su boca o algo parecido a ella, con sus dientes decorando delicadamente la línea de sus labios. Sus piernas no eran más que dos largos miembros gruesos, que terminaban en inmensos muñones ásperos.
Se puso a llorar, pero de sus ojos sólo brotaban escamas, causándole un dolor insoportable. Quiso gritar por su boca, pero sólo encontró ese orificio en su rostro y pujó fuertemente para expulsar su sufrimiento, emitiendo raudos ruidos roncos, que se asemejaban más al sonido que produciría una trompeta tocada por un músico que se ahoga en medio del fango, que a una voz. Se sostuvo del marco de la puerta con sus manitos y esta vez quiso reír, al darse cuenta de que en su rostro estaba su ano, que literalmente estaba gritando por el culo y que al menos su nariz había quedado extraviada en su extraño cuerpo y no podría oler sus carcajadas.