Ya todos se han ido, pero Mariel espera a su madre para regresar a su casa. Ella tiene cinco años; su madre, Carla, Carla hace de todo... en el día lava platos en el tradicional «Eli’s» del prado. En las noches es asistente de enfermería en el servicio de emergencias del hospital obrero de la ciudad... Los fines de semana es madre de Mariel, aunque ninguna se dé cuenta.
Carla siempre recoge a Mariel del jardín de niños jadeando, retrasada. Carla y Mariel caminan todos los días hacia la pastelería «Kuchen Stube», para comprar un par de trozos de tarta de frutas u otro bizcocho para el almuerzo. La cajera del lugar espera a ambas todos los días a la misma hora.
Ambas bromean en el bus de camino a casa. Tratan de conseguir un buen lugar para cruzar el Puente de las Américas, en un trayecto siempre inolvidable, atravesando el vacío, como un símbolo de lo que en realidad es la vida. La sortija de compromiso que lleva Carla en su mano izquierda es de fantasía... ella nunca se casará, así lo ha decidido.
La cerradura en la vieja puerta de madera, pintada de verde lechuga, en el ingreso al departamento que ocupa Carla hace dos años funciona lenta esa tarde; ya no emite ese ruidito pintoresco cuando gira la llave, como cuando uno se arranca un cabello. Carla no quiere despedirse de su pequeña, pero no hay opción; la vida no es sólo dura, sino que está determinada por un contrato, cuyas cláusulas nadie conoció antes de firmarlo.
Al fin se abre la puerta y Carla entra decidida a abandonar a su hija como todos los días a esa misma hora. Mariel está sentada en su sillita de plástico con ese Mickey mouse impreso en el respaldo, casi completamente descolorido, viendo a su madre introducirse en su diminuto «uniforme de enfermera», que lleva el nombre Beatriz bordado en el bolsillo a la altura del corazón.
Carla se acerca a su hija, la levanta, la contempla, como siempre. Siente algo, pero no puede definir qué… abre una puertita en la espalda de la niña y saca del compartimiento ocho pilas «doble A». Recuesta a la pequeña en su cama desordenada, cubierta por pedazos de su vida, unidos finamente por el hilo invisible de la inevitabilidad, toma un maletín mediano de cuero negro y se va.