Estaba ahí, quieto, como flotando en la nada, con la mirada perdida, la boca abierta como la de un cadáver. Respiraba lento porque disfrutaba del líquido atravesando su nariz, su garganta, sus bronquios…
Lo alimentaban con hojuelas de humano que compraban en esa tienda de mascotas a la que siempre fueron.
No era una mascota convencional. No muchos podían costear un gigantesco tanque en medio de la sala, en el que un hombre flotaba y comía.
Vivió como veinte años hasta que resultó incómodo ver a un anciano flotando en un líquido amarillento. Lo llevaron en una bolsa enorme hasta la tienda de mascotas, donde procesaron su cuerpo y produjeron más hojuelas para otras mascotas.