Vivían frente a una farmacia que siempre estaba desabastecida. La gente de la zona sabía que era una pérdida de tiempo entrar y pedir algún medicamento; nunca había nada. Los ingenuos, que no conocían la característica del negocio, se sorprendían de no encontrar productos tan básicos como un supositorio para la estipticidad de los niños ni pomadas alcanforadas para los achaques de los mayores. Algunos incautos dueños de otros emprendimientos en la misma cuadra también pretendían hallar una fuente de «cambiado» y salían con la misma cara de desconcierto de todos los visitantes del establecimiento.
Lo único que se podía encontrar en esa farmacia que abría inútilmente todos los días, decían muchos, era la soledad; empero, aclaraban, eso no se encontraba en píldoras, cápsulas ni jarabes, sino en la mirada de la octogenaria bioquímica que atinaba a sonreír y a justificar la escasez y nada más.