Mientras masticaba, se dio cuenta de que había perdido tantos siglos y toda su vida, solo porque a algún escritor del medioevo se le ocurrió soñar con un viaje a través del infierno. Disfrutó lo que masticaba, porque tenía un sabor intenso y profundamente amargo, seguramente adquirido en todos esos siglos de especulación y escarnio de los que fue objeto su bocado.
Al deglutir miró hacia atrás y recordó haber sido condenado a pasar el resto de los tiempos en ese lugar, en el centro del planeta, donde quiera que ese lugar sea; pero también recordó que aquellos que lo sentenciaron creían que la Tierra era el centro del universo… y se sintió importante y sonrió.