Las doce, el almuerzo, un gran apuro; la receta, el más grande engaño. Una brisa, la ventana, un ingreso estrepitoso. La pregunta, la respuesta, el enojo; la discusión, la fatiga, la rutina. Los niños. Una calma hipócrita, la maldición y la madurez del adulto. Al mismo tiempo, la fuga, el olor imperceptible, el peligro. El retraso de siempre, como nunca, exagerado, fastidioso. La inevitabilidad de lo inevitable, la justificación de lo injustificable. El fósforo, la cajita, esa superficie asperita. El olor ahora perceptible. La cercanía del desastre.
El fuego: lento, rojo, amarillo, de pronto azul. Primero tímido, luego explosivo. El palito encendido, cuatro segundos eternos, el viaje. De repente, la llamarada, el desastre, el dolor, unos gritos de pavor, la desesperación. Un silencio de pausa. Las sirenas, la emergencia. Una sala fría, las vendas; los hombrecitos vestidos de blanco, las mujercitas vestidas de flores. El sonido vital de una máquina. El frío de la sala, el olor a muerte de las otras camas.
El desastre, la llamarada, el dolor. La culpa.