Era una tarde soleada, pero ellos no lo sabían. El viento, que soplaba desde el suroeste, tibio, constante, hacía vibrar las hojas de los árboles que rodeaban ese asiento del parque, tan especial para ellos. La luz del sol, perturbada por los corpúsculos que el viento levantaba, los atravesaba, apenas contorneando sus translúcidas siluetas.
—Vi que te temblaba la mano —le dijo la pobre muchacha, todavía asustada—. ¿Dudaste? ¿Por qué temblabas? ¿Estás…?
—No, no dudé ni un segundo ni una milésima ni… —interrumpió el muchacho, algo indignado.
—Ya, listo, está bien —interrumpió después ella—. Ya está hecho y… en todo caso… —no encontraba las palabras precisas— no podemos volver atrás. ¿No deseabas la venganza, acaso? ¿No te satisface —cerró los puños y casi pudo sentir cómo la punta de sus dedos atravesaba sus palmas sin producirle dolor alguno—, no te hace sentir que, al fin, cumplimos nuestro objetivo?
—¡Claro que sí! —respondió, elevando su voz insonora, pero sin gritar.
—Mírame, por favor.
El muchacho hizo el intento, pero no pudo ver más que un recuerdo.
—Mírame —replicó la muchacha—. ¡Te lo suplico!
Y la miró y vio nada más que los árboles que los rodeaban, con sus hojas moviéndose, como conduciendo una harmonía silenciosa.
—No logro mirarte, pero te veo, cuando cierro mis ojos —la voz se le quebraba al pobre muchacho y el llanto era una etérea esfera inmensa, detenida en su garganta cristalina—. Terminó por fin este suplicio. El oprobio no inunda más nuestras dilatadas existencias.
—Al fin —pronunció la muchacha.
Lograron sentir la bruma de sus manos, entrelazándose por última vez. Otra vez, el viento, insensible, esfumó las restantes partículas de sus ectoplasmias.