Ahí estás, otra vez, sentada frente al espejo, preparándote para la gala de fin de semana que tanto te apasiona. Piensas en lo difícil que ha sido llegar a ser una estrella, en cuánto te ha costado hacerte de un lugar apenas respetable en el espectáculo y sonríes, mientras levantas y arqueas tus cejas para delinearlas suavemente. Contienes la respiración, para que nada afecte la perfección del trazo de ese nuevo delineador cremoso que pediste a tu proveedora de cosméticos el anterior mes.
Respiras algo agitada. Notas que tus ojos lucen más irritados que las otras noches… será por la diversión o por el cansancio, o por las lágrimas contenidas, causadas por el dolor de vivir la realidad.
Suena el primer timbre y las bailarinas que estuvieron vistiéndose, tan bulliciosas, gritonas y chismosas, al fin salieron a escena. Ahora respiras tranquila y delineas tus párpados y vuelves a reírte, porque notas cuánto los estiras y los deformas mientras los decoras o los disimulas… ¿los disimulas o los decoras?
Te pones seria. Han pasado tantos años desde la primera vez que te maquillaste frente a ese espejo iluminado. Tantos focos han visto tu rostro y sus transformaciones.
Terminas de maquillarte con las sombras de tus párpados y un poco de rubor sobre tus mejillas.
Notas que te has quedado paralizada, sosteniendo esa pequeña brocha bañada de polvo escarlata. Miras hacia la nada. Tus ojos comienzan a perder su enfoque. Quieres reaccionar, pero sabes que aún falta un par de minutos para tu acto.
Al fin vuelves a ti misma. Ya es hora.
Suena el timbre que te anuncia que debes encarnar a la diva y estás lista. Te diriges al escenario sobre esos tacones que te incomodan, pero que te transforman en ella.
Oyes la voz del presentador y comienza la pista. Se abre el enorme telón y ves las luces y no puedes ver nada más. Al mismo tiempo que comienzas a cantar, oyes una voz que no es tuya, pero que absorbes; la reclamas con los movimientos de tus labios, en perfecta sincronía.
Sientes cómo de tu espalda brotan dos enormes alas, como las de una libélula, que se mueven sin cesar y te elevan hacia el centro del club. Todos te miran asombrados, como cada sábado, cuando te transformas, cuando te metamorfoseas, cuando mudas tu piel. Tus brazos se han convertido en luces de colores que apuntan en todas direcciones y convierten la oscura sala en un universo infinito, poblado de galaxias que giran y giran sobre el terciopelo rojo de los sillones, sobre los rostros sabatinos de los clientes de siempre, y se reflejan en los espejos del bar y en las botellas que el cantinero arroja hacia el cielo, con una habilidad sorprendente. Tus piernas desaparecen debajo de mil capas de satén azul, celeste, violeta; ajustadas por esas medias que prometen las extremidades de Afrodita.
Tu corazón se ha fusionado con la música. Cada latido es un golpe de percusión que ensordece al público y que ahuyenta el humo de los cigarrillos de cada mesa.
Das vueltas por toda la sala. Sonríes y coqueteas. Algunos te devuelven la sonrisa y otros parecen perdidos en las sensaciones artificiales del licor. Tu acto está por terminar.
Vuelves hacia el centro del escenario. Tus alas desaparecen, las luces desaparecen. Desaparece la diva. Te despides del público con una venia y recibes los aplausos como una transfusión de sangre que te llena de energía.
Has regresado ya a tu camerino. Enciendes las luces de tu espejo, te sientas y comienzas el ritual de despedida. Arrancas con cuidado las pestañas y las colocas en su cajita de plástico y arrastras el maquillaje con un algodón empapado en crema humectante. Te miras al espejo mientras cuelgas la peluca rizada de los sábados. Adiós, Rossana… bienvenido, Alberto.